Archivos para mayo, 2014

Asiento reservado
Imagínate: lunes por la mañana. Hora punta. Un autobús urbano repleto de gente camino del trabajo, la escuela o vete tú a saber dónde.

Unos pocos dormitan, otros cuantos escuchan música y la mayoría curiosea el Facebook o chatea por Whatsapp. Nadie conversa. Yo, que he tenido suerte de encontrar un asiento libre, dormito con la cabeza apoyada en el cristal. Los lunes son muy duros.

En una de las muchas paradas que hay en la ruta sube la señora de la historia. Unos 65-70 años, bajita, regordeta, pelo cardado y teñido en rubio platino. Labios marcados y remarcados de carmín rojo pasión (y con algo de Botox) y varios litros de perfume encima… Ese perfume intenso que va a ambientar el autobús el resto de la mañana.

No va sola. Viaja con un hombre bastante más joven, cuarenta y pocos, que, espero y deseo, que sea su hijo. Alto, moreno, pelo engominado con coleta y gafas de sol, aunque casi es de noche. Patillas largas y barba de tres días perfectamente estudiada. Chaqueta de cuero, botas y varios botones de la camisa desabrochados.

En los autobuses de aquí hay dos asientos de disinto color al resto. Un dibujo indica que están reservados a embarazadas, mamás (o papás) con bebés, ancianos y discapacitados. En uno de ellos viaja un chico, un chavalín que no debe llegar ni a los veinte. En comparación al otro protagonista masculino de la historia, éste lleva chándal y unas zapatillas viejas, pelo corto y cara delgada, pálida y pecosa.

La pareja avanza con paso firme, apartando bruscamente al resto del pasaje que viaja de pié. Directos al asiento verde que ocupa el chico. Empieza el show.

-Ven, siéntate que aquí hay sitio. Eh, tú. Levántate de ahí. ¿no ves que está reservado para los mayores?

No hay un por favor, ni una sonrisa… Sólo una órden vociferada lo suficientemente alta para que el resto del pasaje despierte, apague la música, deje el Whatsapp y se vuelva hacia el trío que va a suponer el centro de atención en los próximos minutos.

Inmediatamente la cara del chico pasa del blanco lechoso al rojo intenso (más incluso que el carmín de la señora, que le llega casi hasta las fosas nasales). Creo escucharle balbucear alguna negativa, o quizá ni siquiera le han dejado hablar. John Travolta se da cuenta de que es presa fácil y pasa al ataque. En este momento acabo de adivinar el final de la historia.

No sé si sigo el órden correcto, pero es algo así:

-No tienes vergüenza, mira que no dejarle el sitio a una persona mayor.
-Ay, con lo cansada que estoy hoy… Qué maleducado que es este niño, Juan Jesús.
-Se está perdiendo el respeto hacia los mayores, en mis tiempos no pasaba esto.
-Creo que me estoy mareando, qué barbaridad.
-Esta juventud ha perdido los valores y los principios cristianos.

El tono de voz, y la tensión, sube por momentos. El resto, murmura y miramos descaradamente la escena. John busca la aprobación del público con gestos después de cada intervención. Unos pocos se la dan, otros muchos hacen como que no han dejado nunca el Whatsapp o el Facebook. Yo le miro fijamente.

Todo está pasando muy rápido, menos para el chico. Uno o dos minutos como mucho. Llegamos a la siguiente parada. Se abren las puertas. Él saca dos muletas de debajo del asiento, se levanta a duras penas y arrastrando las dos piernas baja del autobús.

Nunca sabré si ése era realmente el final de su viaje.

Anuncios